
La escena duele. No ocurrió en un barrio alejado ni en la periferia, sino en plena Capital. Sobre calle Ameghino, en una zona comercial donde a diario se descartan restos de mercadería, una mujer fue vista buscando entre los tachos de residuos lo que otros ya no quieren.
No buscaba cartón ni plástico. Buscaba comida.
Entre bolsas negras y cajones descartados, separaba hojas de lechuga en mal estado, intentando rescatar lo que todavía pudiera servir. Lo hacía con cuidado, revisando pieza por pieza, como quien revisa una góndola. Pero no era un supermercado: era un contenedor de basura.
Según relató ante quienes registraron la escena, integra un grupo familiar numeroso. Vive con su nieto, un sobrino y otros integrantes de su entorno más cercano. Los ingresos no alcanzan. Ya sea por una jubilación mínima o por changas esporádicas —según trascendió en el lugar— el dinero no cubre lo básico: poner un plato de comida todos los días.
La postal interpela. En una zona donde funcionan comercios gastronómicos y verdulerías, donde cada jornada se descartan productos por cuestiones de estética o vencimiento cercano, ella encuentra una posibilidad de subsistencia.
No es un caso aislado, pero sí es una escena concreta, visible, en el corazón de la ciudad.
Mientras el movimiento comercial sigue su ritmo habitual, esta mujer convierte los residuos en recurso. No por elección, sino por necesidad. Porque cuando los ingresos no alcanzan y hay chicos en casa, la dignidad muchas veces se defiende como se puede.
La imagen, captada en calle Ameghino, deja una pregunta abierta que va más allá de una historia individual: ¿cuántas familias más están atravesando la misma situación en silencio?
Fuente Diario La Nota














